Notas de viaje: cuadernos y tablillas
Viajes que moldearon una obra única
L O S V I A J E S
El sello distintivo de Enric Alfons como pintor se encuentra, sin lugar a duda, en la obra nacida de sus viajes, vividos de una manera singular: sumergiéndose profundamente en culturas distintas a la propia, con una implicación genuina y un compromiso ferviente que impregnan cada pincelada y que se aleja de la tradicional visión eurocentrista del «otro exótico».
Esta trayectoria le supone romper otro molde, algo que no le es ajeno desde su primera juventud. Una especial sensibilidad hacia la belleza del incomparable entorno en el que transcurre su infancia en su Cullera natal le llevará, tal vez, a buscar más allá una manera de expresarse, espoleado por una insaciable curiosidad que precisa romper estrecheces, fronteras y límites, y que le confiere la fortaleza necesaria para desafiar tabúes, soltar las primeras amarras y salirse de un mundo, por entonces casi exclusivamente agrícola y pesquero, al que, en un principio, parecía predestinado.
Así, venciendo dificultades de todo tipo, se orienta hacia los estudios superiores de Bellas Artes que, a lo largo de la década de los setenta, compatibilizará con la creación artística, realizando individuales y presentándose, con buenos resultados, a convocatorias de premios, ayudas y becas para ampliación de estudios. En los inicios de los ochenta, ya licenciado, iniciará su labor docente.
Su obra, previamente dividida en dos vertientes, una orientada al mercado, que aseguraba su sustento, y otra de carácter político, vinculada a su militancia de izquierdas, entra en crisis por diversos factores, tanto afectivos y familiares, como intelectuales, ligados al cuestionamiento de la situación social, política y del mercado del arte, tanto en su entorno más cercano, Valencia, como, en un sentido más amplio, en el contexto del Norte Global.
Al referirse al camino que a partir de esos momentos emprende, resulta revelador que lo describa como «huida» al Sur y búsqueda de lo auténtico.
Tras un primer viaje a Marruecos, manifestó sentir atracción y pasión hacia ese Sur y una afinidad cercana incluso a un deseo de identificación: «Me parecía descubrir las primeras culturas agrarias, … Me acogían en las aldeas con una hospitalidad que nunca podré olvidar…»; vestido con la chilaba, se inserta discretamente en la foto de la aldea como uno más, con su cuaderno o pequeña tablilla en los que va tomando notas o pintando.
Esta inclinación se refleja en múltiples aspectos de su vida, desde el ámbito personal, caracterizado por costumbres marcadamente sobrias, hasta el académico, como lo demuestra la elección del «art brut» como tema de su tesis doctoral[1], la impartición en 1989 del curso de Doctorado «Expresiones marginales», o direcciones de tesis sobre pintores naïf.
Libre ya, por su nueva situación laboral, de las imposiciones del mercado, su pintura da rienda suelta a una creatividad primigenia, que le lleva, en un primer momento, a desarrollar un primitivismo de gran impacto, con una temática formal que armoniza perfectamente con esta tendencia: los fetitxes, la máscara, el malhafa[2], un primitivismo que seguirá presente, aunque de otra manera, en etapas posteriores.
A medida que la convivencia y, en ocasiones, la amistad con las poblaciones locales le permiten ahondar en sus realidades, adquiere el compromiso de que su pintura sea su reflejo, descripción y narración, con sus momentos más cotidianos, más festivos o más dramáticos: la siesta en la aldea mauritana, el colorido ambiente de un mercado en Larache, el descanso dominical de los inmigrantes africanos en un parque parisino, la angustiosa travesía en la patera cruzando el estrecho, el no menos dramático éxodo albanés de los noventa, el devenir en los comedores populares de harira marroquíes…
Fueron veinte años, desde los ochenta, de numerosos viajes, tan frecuentes y duraderos como su labor docente se lo permitía: Marruecos, Túnez, Mauritania, Argelia, Turquía, Kurdistán, París y Londres, Albania, Macedonia del Norte, Siria y Jordania.
La pintura fue su vida, y la vida para su pintura fueron los viajes. Incluso cuando, hacia los inicios de este siglo, por circunstancias familiares, cesaron estos viajes vinculados a la actividad artística, su cabeza y espíritu no dejaron de estar conectados con aquellos mundos a través de la rememoración, como atestiguan las obras de esas épocas.
Pasada la cincuentena, la vida le llevó a realizar otro tipo de viaje, hacia el interior de sí mismo. Sus cuadros, cuadernos y tablillas (elemento superviviente del «otro» viaje) nos muestran el reflejo de sus emociones y sentimientos, en gran medida hacia los sucesos de su entorno, pero también hacia los aconteceres sociales o políticos que se sucedían, influidos, en su plasmación en dibujo o pintura, por los recuerdos de aquellos viajes pasados y por algún otro puntual que pudo realizar, a modo de recarga, por su querido Marruecos.
Su amigo, el escritor Ferrán Cremades i Arlandis, fue compañero viajero en aquellas primeras incursiones, y coprotagonista, con sus textos, en una de las más importantes exposiciones de Enric Alfons, Deessa Màscara, que en julio de 1984 se mostró en la Sala de Exposiciones de la Caixa de Pensions, en Valencia.
En su texto-homenaje, Itinerario sin fin (otoño 2017)[3], realiza una bella oda hacia la actividad viajera del pintor. A modo de ejemplo, destacamos esta frase: «Uno de sus desafíos fue quebrar la rigidez que suponen los lenguajes establecidos, así como las fronteras inquebrantables que le alejaban de la búsqueda del Otro».
En agosto de 2018 se llevó a cabo en su Cullera natal la exposición Viajar, conocer, pintar, organizada por su Ayuntamiento. La temática elegida, como se puede apreciar, son los viajes, considerando que era el mejor homenaje posible al que muchas veces se ha denominado el pintor viajero.
En el catálogo de esa muestra se incluyen los textos del comisario de la exposición, Boye Llorens Peters, coordinador y comisario de exposiciones, del catedrático y crítico de arte Román de la Calle y del escritor Abelardo Muñoz.[4]
Boye Llorens señala cómo las tablillas de Enric Alfons traen al recuerdo las tablas de Pinazo y enlaza la idea de que ambos artistas hicieron de la pintura razón de su existencia y permitieron que esta marcara las pautas de su evolución, siendo el viaje para Alfons el motivo principal, aunque, señala, el interés de fondo era la pintura misma.
«El compromiso y esfuerzo que propone Alfons es conocer las culturas de nuestros vecinos mediterráneos». Para concluir que se plantea el viaje por su necesidad de pintar y que pronto descubre que esa necesidad conlleva la de conocer a través de la pintura.
La contribución de Román de la Calle a la muestra y el catálogo, cobra especial relevancia en su contexto, ya que, como comisario y crítico de arte, conoció y siguió durante años la trayectoria del pintor. Testigo, desde los inicios de los años ochenta, de su evolución, su conocimiento profundo y cercano de la obra de Alfons permite al crítico ofrecer un valioso testimonio de la carrera del artista.
De la Calle forma parte del Jurado de los Premios y Becas Alfons Roig en su primera edición, la de 1981, y es en este momento cuando conoce a Enric Alfons, que obtiene una de las becas. «El proyecto que, aprovechando la beca, así conseguía financiación, … fue capaz de dar respuesta a un sentimiento hasta entonces retenido y emprendió afanosamente la huida hacia el Sur …atractivo programa de búsqueda y liberación, idóneo para ser adoptado y compartido … por un sujeto soñador de mundos, que reivindicaba su propio universo personal, precisamente en ese tipo emancipador de viajes».
Abelardo Muñoz, por su parte, que aporta como valor añadido significativos puntos de conexión con Enric Alfons, tales como su espíritu viajero, estancias en Marruecos[5] y encuentros en Valencia y en el mismo Marruecos, compone un hermoso texto en el que pone en valor la perspectiva adoptada por el pintor, tanto por su actitud cuando se encuentra en pleno periplo, como por la concreta plasmación que posteriormente realiza en su obra: «No hay mirada occidental en Alfons, hay fusión radical con el ambiente y acercamiento a las gentes. Se trata, también, de un pintor con trazas de antropólogo y cronista social; aquel que mira donde nadie mira».
LOS CUADERNOS Y LAS TABLILLAS
Además de con su cámara de fotos, Enric Alfons recorre diferentes caminos y destinos geográficos en un primer momento con sus cuadernos, y un poco más adelante -a partir de los años noventa- también con unas pequeñas tablillas de madera, que le permitían captar los hechos y las sensaciones en el mismo momento en los que estaban sucediendo, así como también, en el caso de las tablillas, el ambiente y el color de las escenas que se le presentaban.
Esta obra de pequeño formato de, aproximadamente, 20 x 30 centímetros, era transportada en un baúl de tamaño variable dependiendo de la duración del viaje. Sin contar con vehículo propio, muchos nos seguimos preguntando cómo realizaba, con semejante equipaje, esos desplazamientos de miles de kilómetros, en los atestados taxis o autobuses locales.
Para Boye Llorens, la incorporación al proceso artístico de las tablillas, supone el inicio de una fuerte personalidad propia como pintor. Su interés, remarca, era reflejar los efectos visuales de los contrastes de color y de luz que definían las formas de las figuras; lo abordaba experimentando con las diferentes técnicas de aplicación de la pintura. El uso de la tabla le permite moldear las figuras y dar cuerpo a las composiciones mediante el color consiguiendo, con la mezcla del óleo in situ, su aplicación veraz. Tan interesantes resultan las tablillas para descubrir cuáles eran sus inquietudes que, añade, trascienden la naturaleza del puro esbozo y constituyen obras en sí mismas.
No las abandonó ni siquiera cuando emprendió su viaje interior, adquiriendo, en palabras también de Llorens, una depuración estilística más sofisticada, más acorde con el planteamiento autorreflexivo.
En este apartado recogemos algún ejemplo de cuadernos, por su belleza y testimonio de primeros años de esta travesía, pero queremos que el auténtico protagonismo recaiga en las preciadas tablillas, que fue dejando a lo largo del camino, como señala Román de la Calle, el pintor viatger, «convertidas en huellas personales, hasta en sus postreros paseos vitales».

[1] 1987, «Sobre el Art Brut: las creaciones de Pepe de Valencia», dirigida por Juan Ángel Blasco Carrascosa, con calificación cum Laude.
[2] la malhafa es un tipo de velo de llamativos estampados que cubre el cuerpo y la cabeza de la mujer de la región del Sahara.
[3] Este texto puede leerse completo en la página web de Cremades, https://ferrancremades.es/index.php/art__cultura/enric-alfons/
[4] Viajar, conocer pintar, Ajuntament de Cullera, 2018. El catálogo incluye textos de Boye Llorens Peters: Viajar, conocer, pintar; Román de la Calle: Recordando la trayectoria artística de Enric Alfons. Notes on de road; Abelardo Muñoz: Los baúles de Enric.
[5] En su libro Exilio Atlántico (Ediciones Canibaal, 2018), narra, a modo de notas de viaje, sus viajes y estancias en Marruecos, en especial la realizada durante unos meses, en los noventa, en Larache, Jemis Sahel y Tánger.
Esta trayectoria le supone romper otro molde, algo que no le es ajeno desde su primera juventud. Una especial sensibilidad hacia la belleza del incomparable entorno en el que transcurre su infancia en su Cullera natal le llevará, tal vez, a buscar más allá una manera de expresarse, espoleado por una insaciable curiosidad que precisa romper estrecheces, fronteras y límites, y que le confiere la fortaleza necesaria para desafiar tabúes, soltar las primeras amarras y salirse de un mundo, por entonces casi exclusivamente agrícola y pesquero, al que, en un principio, parecía predestinado.
Así, venciendo dificultades de todo tipo, se orienta hacia los estudios superiores de Bellas Artes que, a lo largo de la década de los setenta, compatibilizará con la creación artística, realizando individuales y presentándose, con buenos resultados, a convocatorias de premios, ayudas y becas para ampliación de estudios. En los inicios de los ochenta, ya licenciado, iniciará su labor docente.
Su obra, previamente dividida en dos vertientes, una orientada al mercado, que aseguraba su sustento, y otra de carácter político, vinculada a su militancia de izquierdas, entra en crisis por diversos factores, tanto afectivos y familiares, como intelectuales, ligados al cuestionamiento de la situación social, política y del mercado del arte, tanto en su entorno más cercano, Valencia, como, en un sentido más amplio, en el contexto del Norte Global.
Al referirse al camino que a partir de esos momentos emprende, resulta revelador que lo describa como «huida» al Sur y búsqueda de lo auténtico.
Tras un primer viaje a Marruecos, manifestó sentir atracción y pasión hacia ese Sur y una afinidad cercana incluso a un deseo de identificación: «Me parecía descubrir las primeras culturas agrarias, … Me acogían en las aldeas con una hospitalidad que nunca podré olvidar…»; vestido con la chilaba, se inserta discretamente en la foto de la aldea como uno más, con su cuaderno o pequeña tablilla en los que va tomando notas o pintando.
Esta inclinación se refleja en múltiples aspectos de su vida, desde el ámbito personal, caracterizado por costumbres marcadamente sobrias, hasta el académico, como lo demuestra la elección del «art brut» como tema de su tesis doctoral[1], la impartición en 1989 del curso de Doctorado «Expresiones marginales», o direcciones de tesis sobre pintores naïf.
Libre ya, por su nueva situación laboral, de las imposiciones del mercado, su pintura da rienda suelta a una creatividad primigenia, que le lleva, en un primer momento, a desarrollar un primitivismo de gran impacto, con una temática formal que armoniza perfectamente con esta tendencia: los fetitxes, la máscara, el malhafa[2], un primitivismo que seguirá presente, aunque de otra manera, en etapas posteriores.
A medida que la convivencia y, en ocasiones, la amistad con las poblaciones locales le permiten ahondar en sus realidades, adquiere el compromiso de que su pintura sea su reflejo, descripción y narración, con sus momentos más cotidianos, más festivos o más dramáticos: la siesta en la aldea mauritana, el colorido ambiente de un mercado en Larache, el descanso dominical de los inmigrantes africanos en un parque parisino, la angustiosa travesía en la patera cruzando el estrecho, el no menos dramático éxodo albanés de los noventa, el devenir en los comedores populares de harira marroquíes…
Fueron veinte años, desde los ochenta, de numerosos viajes, tan frecuentes y duraderos como su labor docente se lo permitía: Marruecos, Túnez, Mauritania, Argelia, Turquía, Kurdistán, París y Londres, Albania, Macedonia del Norte, Siria y Jordania.
La pintura fue su vida, y la vida para su pintura fueron los viajes. Incluso cuando, hacia los inicios de este siglo, por circunstancias familiares, cesaron estos viajes vinculados a la actividad artística, su cabeza y espíritu no dejaron de estar conectados con aquellos mundos a través de la rememoración, como atestiguan las obras de esas épocas.
Pasada la cincuentena, la vida le llevó a realizar otro tipo de viaje, hacia el interior de sí mismo. Sus cuadros, cuadernos y tablillas (elemento superviviente del «otro» viaje) nos muestran el reflejo de sus emociones y sentimientos, en gran medida hacia los sucesos de su entorno, pero también hacia los aconteceres sociales o políticos que se sucedían, influidos, en su plasmación en dibujo o pintura, por los recuerdos de aquellos viajes pasados y por algún otro puntual que pudo realizar, a modo de recarga, por su querido Marruecos.
Su amigo, el escritor Ferrán Cremades i Arlandis, fue compañero viajero en aquellas primeras incursiones, y coprotagonista, con sus textos, en una de las más importantes exposiciones de Enric Alfons, Deessa Màscara, que en julio de 1984 se mostró en la Sala de Exposiciones de la Caixa de Pensions, en Valencia.
En su texto-homenaje, Itinerario sin fin (otoño 2017)[3], realiza una bella oda hacia la actividad viajera del pintor. A modo de ejemplo, destacamos esta frase: «Uno de sus desafíos fue quebrar la rigidez que suponen los lenguajes establecidos, así como las fronteras inquebrantables que le alejaban de la búsqueda del Otro».
En agosto de 2018 se llevó a cabo en su Cullera natal la exposición Viajar, conocer, pintar, organizada por su Ayuntamiento. La temática elegida, como se puede apreciar, son los viajes, considerando que era el mejor homenaje posible al que muchas veces se ha denominado el pintor viajero.
En el catálogo de esa muestra se incluyen los textos del comisario de la exposición, Boye Llorens Peters, coordinador y comisario de exposiciones, del catedrático y crítico de arte Román de la Calle y del escritor Abelardo Muñoz.[4]
Boye Llorens señala cómo las tablillas de Enric Alfons traen al recuerdo las tablas de Pinazo y enlaza la idea de que ambos artistas hicieron de la pintura razón de su existencia y permitieron que esta marcara las pautas de su evolución, siendo el viaje para Alfons el motivo principal, aunque, señala, el interés de fondo era la pintura misma.
«El compromiso y esfuerzo que propone Alfons es conocer las culturas de nuestros vecinos mediterráneos». Para concluir que se plantea el viaje por su necesidad de pintar y que pronto descubre que esa necesidad conlleva la de conocer a través de la pintura.
La contribución de Román de la Calle a la muestra y el catálogo, cobra especial relevancia en su contexto, ya que, como comisario y crítico de arte, conoció y siguió durante años la trayectoria del pintor. Testigo, desde los inicios de los años ochenta, de su evolución, su conocimiento profundo y cercano de la obra de Alfons permite al crítico ofrecer un valioso testimonio de la carrera del artista.
De la Calle forma parte del Jurado de los Premios y Becas Alfons Roig en su primera edición, la de 1981, y es en este momento cuando conoce a Enric Alfons, que obtiene una de las becas. «El proyecto que, aprovechando la beca, así conseguía financiación, … fue capaz de dar respuesta a un sentimiento hasta entonces retenido y emprendió afanosamente la huida hacia el Sur …atractivo programa de búsqueda y liberación, idóneo para ser adoptado y compartido … por un sujeto soñador de mundos, que reivindicaba su propio universo personal, precisamente en ese tipo emancipador de viajes».
Abelardo Muñoz, por su parte, que aporta como valor añadido significativos puntos de conexión con Enric Alfons, tales como su espíritu viajero, estancias en Marruecos[5] y encuentros en Valencia y en el mismo Marruecos, compone un hermoso texto en el que pone en valor la perspectiva adoptada por el pintor, tanto por su actitud cuando se encuentra en pleno periplo, como por la concreta plasmación que posteriormente realiza en su obra: «No hay mirada occidental en Alfons, hay fusión radical con el ambiente y acercamiento a las gentes. Se trata, también, de un pintor con trazas de antropólogo y cronista social; aquel que mira donde nadie mira».
LOS CUADERNOS Y LAS TABLILLAS
Además de con su cámara de fotos, Enric Alfons recorre diferentes caminos y destinos geográficos en un primer momento con sus cuadernos, y un poco más adelante -a partir de los años noventa- también con unas pequeñas tablillas de madera, que le permitían captar los hechos y las sensaciones en el mismo momento en los que estaban sucediendo, así como también, en el caso de las tablillas, el ambiente y el color de las escenas que se le presentaban.
Esta obra de pequeño formato de, aproximadamente, 20 x 30 centímetros, era transportada en un baúl de tamaño variable dependiendo de la duración del viaje. Sin contar con vehículo propio, muchos nos seguimos preguntando cómo realizaba, con semejante equipaje, esos desplazamientos de miles de kilómetros, en los atestados taxis o autobuses locales.
Para Boye Llorens, la incorporación al proceso artístico de las tablillas, supone el inicio de una fuerte personalidad propia como pintor. Su interés, remarca, era reflejar los efectos visuales de los contrastes de color y de luz que definían las formas de las figuras; lo abordaba experimentando con las diferentes técnicas de aplicación de la pintura. El uso de la tabla le permite moldear las figuras y dar cuerpo a las composiciones mediante el color consiguiendo, con la mezcla del óleo in situ, su aplicación veraz. Tan interesantes resultan las tablillas para descubrir cuáles eran sus inquietudes que, añade, trascienden la naturaleza del puro esbozo y constituyen obras en sí mismas.
No las abandonó ni siquiera cuando emprendió su viaje interior, adquiriendo, en palabras también de Llorens, una depuración estilística más sofisticada, más acorde con el planteamiento autorreflexivo.
En este apartado recogemos algún ejemplo de cuadernos, por su belleza y testimonio de primeros años de esta travesía, pero queremos que el auténtico protagonismo recaiga en las preciadas tablillas, que fue dejando a lo largo del camino, como señala Román de la Calle, el pintor viatger, «convertidas en huellas personales, hasta en sus postreros paseos vitales».

[1] 1987, «Sobre el Art Brut: las creaciones de Pepe de Valencia», dirigida por Juan Ángel Blasco Carrascosa, con calificación cum Laude.
[2] la malhafa es un tipo de velo de llamativos estampados que cubre el cuerpo y la cabeza de la mujer de la región del Sahara.
[3] Este texto puede leerse completo en la página web de Cremades, https://ferrancremades.es/index.php/art__cultura/enric-alfons/
[4] Viajar, conocer pintar, Ajuntament de Cullera, 2018. El catálogo incluye textos de Boye Llorens Peters: Viajar, conocer, pintar; Román de la Calle: Recordando la trayectoria artística de Enric Alfons. Notes on de road; Abelardo Muñoz: Los baúles de Enric.
[5] En su libro Exilio Atlántico (Ediciones Canibaal, 2018), narra, a modo de notas de viaje, sus viajes y estancias en Marruecos, en especial la realizada durante unos meses, en los noventa, en Larache, Jemis Sahel y Tánger.